Blog de Investigación Privada y Criminología

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miércoles, 20 de marzo de 2019

La cajita de rapé

por María Rodríguez González-Moro
La cajita de rapé (Ediciones Maeva) es uno de esos libros que me llamó la atención por su titulo en una de mis visitas a librerías virtuales a las que soy tan asidua; un titulo y un autor que desconocía por completo, pero que aúna algunas de mis pasiones: historia, política, investigación y libros, no necesariamente por ese orden. Siempre me atrajo la historia de las cajas de rapé, esa imagen del señor decimonónico que se ausentaba de las reuniones y fiestas para ir a “echar un polvo”, una especie de ralladura elaborada con tabaco y otras “plantas medicinales” que se guardaba en unas cajitas que eran en algunos casos autenticas obras de arte.

La novela trascurre a mediados del siglo XIX con los últimos coletazos del reinado de Isabel II, reinado que se caracterizó por la inestabilidad política, donde se pasó de la década moderada al bienio progresista. Esta obra se desarrolla durante la crisis isabelina (1858-1863), con la alternancia en el poder entre Narváez y O’Donnell con su partido Unión Liberal. Es 1861, en los días anteriores a la apertura de las Cortes, donde las intrigas y presiones son más que evidentes, como bien refleja García-Pozuelo de una manera muy didáctica en la persona del inspector Benítez, quien se ve sometido a presiones políticas debiendo elegir entre escalar en su faceta profesional o ser consecuente con sus ideas, con su forma de ser y de pensar. Un periodo donde la policía está siendo remodelada para dotarla de una mayor profesionalidad, y donde todavía faltaba casi un siglo para que Locard  formulara  el principio de intercambio, principio que significó un avance importantísimo para la criminalística. Estamos en una época donde el olfato del policía y la iniciativa del investigador eran esenciales para resolver los delitos.

Criadas, porteros, cocheros, amas de llaves, políticos, banqueros, prostitutas, unos prófugos, un robo, un asesinato, una desaparición, un ofrecimiento, un articulo en prensa, una Cortes por constituirse, unos libros y tertulias de café se mezclan en el distrito de Latina, que con sus calles estrechas y retorcidas, junto a otras rectilíneas y espaciosas, unas silenciosas y otras bulliciosas, es la coctelera perfecta para desarrollar una trama que no deja indiferente a nadie. El caso de las alcarreñas es el escogido por el autor para comenzar la saga del inspector Benítez, o eso esperamos, que esto no quede aquí. El asesinato de la criada de una de las familias más influyentes de Madrid lleva a Benítez a desplegar su instinto policial, un asesinato que sin el olfato de un policía curtido en mil batallas podría haber quedado impune y ser producto simplemente de un robo asumiendo que la criada estaba en el lugar y el momento equivocado.

La prosa de Javier A. García–Pozuelo es ligera, pero no por ello menos minuciosa en las descripciones de un Madrid otoñal donde el frío comienza a hacer su aparición, un Madrid lleno de acentos de toda España, desde los asturianos de los mozos del cordel, pasando por las criadas alcarreñas, hasta manchegos, murcianos y extremeños, todos caben en ese Madrid. Junto a los acentos los atuendos que delatan el oficio, y también el miedo a la autoridad, a esa policía que siempre encuentra un fallo en el cumplimiento de la ley, un resquicio por donde apretar las tuercas para conseguir la información deseada. En este primer caso no llegamos a conocer del todo al inspector Benítez, viudo y con dos hijas, inquieto por la situación política y por el futuro de su hija pequeña y de su sobrino, que juega un papel importante en la resolución del caso, un Benítez que necesita cariño, pero no quiere comprometerse, un Benítez amante de la lectura y de los libros antiguos y que dará todo por resolver un caso que se complica conforme avanza su investigación.


He de reconocer que no conozco Madrid como me gustaría, pero el paseo al que me ha llevado el inspector Benítez ha hecho que me proponga volver a la ciudad y dedicarme a recorrer sus calles con una perspectiva distinta, con los ojos del inspector y, desde luego, espero que nos siga entreteniendo con investigaciones futuras y apasionantes como esta. 

viernes, 11 de enero de 2019

Yo, Detective

Por María Rodríguez González-Moro                                                               
Fundadora del Grupo para la Difusión de la Investigación y la Criminología (GDIC)

Una mujer maltratada cuyas reflexiones y miedos hace suyos el escritor y unos padres angustiados por la desaparición de su hijo son el eje de la novela, en ambos casos sobresale la impotencia de los protagonistas ante el giro que ha dado su vida.

En esta obra volvemos a encontrarnos con la soledad, esa “hiena insaciable” que persigue a nuestro detective y que en esta ocasión leemos con voz de mujer, de una mujer maltratada que debe abandonar su vida si quiere conservarla. Una soledad no buscada, esa soledad “hija de puta” impuesta a la protagonista del primer caso de Guerrero.

La protagonista hace una reflexión hacia la soledad reversible, el estar en casa sola donde nadie te dice qué hacer ni cómo hacerlo, un poder pequeño e insignificante como tener el mando de la televisión para una misma, de no vestirte o arreglarte, de comer a deshoras y lo que te apetezca. Pero es una soledad que se desvanece con una llamada a un amigo, a un familiar, una soledad que no es soledad sino poder, o sensación de poder; una soledad en cierta forma buscada y que no es soledad en puridad, pero que puede ser el primer paso hacia esa soledad que trae tristeza y abandono, una soledad que Carla describe como irreversible, no buscada, no querida, como la de esas personas a las que nadie echa en falta y mueren solas, esa soledad donde las preguntas se quedan en el aire porque ”no hay dos, estoy yo sola…”. Es la soledad de la que hay que alejarse, a la que hay que temer y nuestra protagonista le teme porque se enfrenta a un futuro incierto, o a un no futuro si el marido consigue encontrarla. Y es también Carla la que nos hace reflexionar sobre el exilio que implica sentirse sola en un mundo desconocido, sobre ser forastera de una misma, un exilio del que es imposible regresar.

El segundo caso que recoge el autor es un caso de actualidad, unos padres angustiados por la desaparición de su hijo acuden al detective con la esperanza de conseguir información, de volver a ver a su hijo. Aquí Guerrero vuelve a darnos una lección de investigación real, grabaciones legales, entrevistas, mucha comunicación no verbal, el no dar nada por hecho, ni tampoco por supuesto y, como siempre, la eterna desconfianza de Guerrero.

En esta ocasión el detective volará a la India, “al infierno de la paz interior”, lugar perfecto para reflexionar, para meditar sobre la vida. Se tropezará con la mafia india, desconfiará de todo y de todos, viajará hasta Benarés y temerá por su vida, aunque siempre tenga guardado en la recamara un plan b, como buen detective.

En esta novela he de reconocer que Guerrero me ha sorprendido, se presenta más maduro como escritor, como detective y como persona, me ha sorprendido por su forma de narrar la historia empleando la tercera persona, porque es un narrador el que nos conduce por las aventuras y desventuras del detective, haciendo que el alter ego del autor se desdibuje, cediendo protagonismo a otros actores. Su estilo al escribir es más intenso, más literario si se me permite la expresión, la preocupación casi obsesiva por el uso de los signos de puntuación confieren a esta obra más empaque como novela, como obra literaria a costa de la perdida de la libertad del Rafael Guerrero detective, que se encuentra más constreñido en las formas, en su lenguaje, en describirnos su vida, sus aventuras y desventuras.

Echo de menos al detective canalla, al detective conquistador y gourmet, al socarrón y “disfrutador” de la vida, al detective de un Guerrero entre halcones, donde descubrí un detective español real, mas allá de los detectives anglosajones, un libro que recomendé a mis alumnos. Al detective canalla, mitad real, mitad ficticio, de Muero y Vuelvo que me cautivó, me hizo reír a carcajadas y con el que comí y bebí. Ese detective de Ultimátum con el que viajé a lugares de leyenda destrozados por una guerra absurda. En Yo, Detective he viajado, sonreído y pensado, me ha hecho pensar mucho y me he enfadado con Rafael, con su recién estrenada madurez, o tal vez con quien estoy enfadada es conmigo misma y con esa madurez que llama insistentemente a la puerta y a la que no quiero dejar entrar refugiándome por enésima vez en la lectura de El Principito.


Con Yo, Detective Rafael Guerrero ha dado un gran paso como escritor, protegido por su alter ego que sigue teniendo mucha fuerza, un sello personal que no debe perder, no queremos perder al Bond español, al Areta contemporáneo, al detective canalla, socarrón, amante del buen vino y la buena comida, al conquistador nato, y eso no va a ocurrir, estoy segura, pues el título es toda una declaración.  Rafael Guerrero es y será detective pase lo que pase y pese a quien pese, incluso si debe pasar por encima del Rafael Guerrero escritor. 

sábado, 7 de abril de 2018

ULTIMÁTUM

Por María Rodríguez González-Moro
Me resultaría relativamente fácil hacer una reseña al uso, lo he intentado, prometo que he intentado hacerlo, pero al leerla no me reconozco ni a mi misma ni al escritor. Podría comenzar escribiendo que Ultimátum es la tercera novela del detective y escritor Rafael Guerrero, que fiel a su estilo nos introduce directamente en el mundo de la investigación, el sexo, la comida, los viajes y el vino (no precisamente en ese orden). Podría seguir diciendo que en esta ocasión Palermo, Augusta, Roma, Madrid y Ammán son las ciudades elegidas para introducirnos en Siria, en el nudo de la historia. Podría escribir que Sicilia es el escenario del primer caso, la excusa perfecta para conocer el origen de la mafia, la comida y el vino italiano, donde una prostituta despliega su catálogo y donde aprendo que los lupanares se instalan en pisos altos sin ascensor para que el cliente llegue sin resuello y así la hora feliz sea más rápida. (Gracias Rafa, nunca hubiese caído en eso). Y su primer encuentro con la muerte y con el ser y el deber ser.

Roma, la ciudad eterna, perfecta para reencontrarse con una vieja amiga que quiere eternizarla en su vida. Un imprevisto en el aeropuerto, de nuevo la duda entre el ser y el deber ser,  salvado de elegir  por el sonido del móvil.

De regreso a Madrid, encuentro con las calles y caras conocidas, pero en la vida del detective no hay lugar para el descanso y de nuevo el trabajo llama a su puerta , esta vez de la mano de unos ejecutivos vuela a Londres, ciudad de paso, donde  acepta un encargo difícil e interesante, un caso sobre un hipotético sabotaje en Siria, país en guerra, pero Guerrero no se amilana y acepta el reto, reto que le llevará a ciudades otrora mágicas, hoy desoladas, lugares donde desplegará sus dotes de sagaz detective y de encantador de serpientes, lugares donde se enfrentará de nuevo a la muerte y a la vida, a la vida vestida de mujer, y donde sus encuentros le harán replantearse muchas cosas, o como dice Rafael “En realidad una sola.” Resolverá dos casos por el precio de uno, y volverá a casa pasando por Roma a reunirse con la eterna Raquel, el ser y el deber ser, y de nuevo el destino al rescate del hombre.

Podría terminar felicitando al detective-escritor por la magistral resolución del caso y  de la novela y por la gran profusión de datos que despliega a lo largo del escrito, y así lo hago, pero quiero decir más de una novela que tenía pendiente desde hace tiempo, una novela que quería leer con un gintonic y que he leído con una cerveza  y varios cafés.

En esta novela he descubierto a un Rafael Guerrero más escritor, más preparado en el uso del lenguaje (evito poner lengua pues en mi cabeza resuena el posible comentario del detective), más maduro, más experto, más estudiado. Las descripciones son detalladas y profusas, en algunos momentos me parece leer un libro de viajes que despierta el deseo de viajar, de recorrer esos lugares, de comer esos manjares, beber esos vinos y contemplar el mar Mediterráneo, el desierto y de mezclarme con la población autóctona.

En Ultimátum me reencuentro con el detective sagaz de “Un Guerrero entre Halcones”, un detective que, como no podía ser de otra manera, no deja nada a la improvisación, las técnicas que usa y describe son preparadas al milímetro, la cobertura impecable, el plan de escape previsto, pero también aparece el sexto sentido de los detectives curtidos, y su capacidad para adaptarse a los imprevistos venciendo la desconfianza que siempre les generan las personas que los rodean. Unos detectives que no dudan en abandonar su maleta, y salvar sus instrumentos de trabajo (pienso si entre lo salvado se encuentra la bolsa de aseo).


Esta novela rezuma soledad, la soledad del detective, esas horas de vigilancia que se hacen eternas, esa habitación de hotel solitaria donde solo queda hablar con uno mismo, donde las preguntas y respuestas solo existen en nuestra mente, una soledad que a pesar de cubrirla con cigarrillos, comida y sexo no deja de ser SOLEDAD en mayúsculas, trabajo duro el del detective privado, donde no existen las horas ni los planes familiares, una vida monótona a la par que excitante si sabes describirla de la forma como nos la describe un detective real como Rafael Guerrero. “La vida no es como debería ser ni como nos gustaría, es como es”

jueves, 11 de enero de 2018

Muertos prescindibles

por María Rodríguez González-Moro 


Cuando me recomendaron esta novela, confieso que la acepté con escepticismo, otra novela negra sueca más. Reconozco que soy lectora compulsiva, y leo todo lo que cae en mis manos, pero últimamente había dejado este género, todas las historias eran muy previsibles y me aburrían.

El titulo me atrajo, es costumbre de una servidora darle vueltas al título antes de comprar un libro o empezar a leerlo. ¿Muertos prescindibles? ¿Hay algún muerto prescindible? No lo creo. Los autores, ¿quienes son? Internet al rescate, entre otras cosas estos dos autores son guionistas, lo que me da pie a pensar que voy a enfrentarme a una novela escrita para que pueda ser llevada al cine, con descripciones cortas y mucho diálogo.

Muertos prescindibles es la tercera novela de la serie Bergman, no temáis, aunque el protagonista es el psicólogo criminalista Sebastián Bergman, la novela tiene entidad por ella misma.

El encuentro fortuito de seis cadáveres sepultados en la misma fosa y con un disparo en la cabeza desencadena una investigación nada fácil, primero hay que descubrir la identidad de seis muertos, muertos que nadie ha reclamado ¿muertos prescindibles? ¿Asesino en serie? No hay pistas, no hay testigos y la colaboración de los habitantes del lugar es escasa. Cuando el equipo de investigación cree tener un hilo conductor hace su aparición el servicio secreto para archivar el caso. ¿Lo conseguirá? ¿Qué tienen que ver con esta historia una mujer inmigrante y un periodista? La intriga está servida.

 Esta investigación se mezcla con la vida personal de los investigadores, miedos, recelos…  y sobre todo con la vida del gran Sebastián Bergman, una vida llena de mujeres y secretos, una vida que será el hilo conductor de toda la serie Bergman.

En definitiva, una novela negra sueca, ágil, fácil de leer, que te atrapa y te deja con ganas de leer más, de saber más. Si queréis pasar un buen rato, sin complicaciones, os la recomiendo.


Voy a por el primer título de la serie.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Muero y vuelvo

Por María Rodríguez González-Moro

  Una de mis rarezas, convertida en pasatiempo, es pasearme por las librerías- antes físicas, ahora también virtuales- buscando libros con títulos que me sorprendan  por su originalidad y que hagan volar mi imaginación pensando en lo que me aguarda si decido perderme entre sus páginas; he de reconocer que muchas veces ese libro me ha defraudado y en otras, las mas, he descubierto autores a los que he seguido durante años.

Cuando cayó en mis manos Muero y Vuelvo de Rafael Guerrero, estuve dándole vueltas a ese título tan contradictorio como sugerente, morir y volver, me preguntaba si el escritor no se había confundido a la hora de usar las conjunciones y en vez de usar la conjunción copulativa “y”, quería usar la disyuntiva “o”. Muero o vuelvo, ese título tendría más sentido para una novela de detectives donde ante un caso difícil el protagonista debe optar entre morir o volver a su guarida. A tal punto llegó mi paranoia que miraba la portada, dejaba el ejemplar en la mesa, no quería abrirlo, ni leer la contraportada (otra rareza de las mías, leo la contraportada una vez terminada la lectura para así llegar  virgen y sorprenderme). En ese momento decidí agarrar el toro por los cuernos y beber un té  frente a la chimenea para reencontrarme con el detective Guerrero.

En Muero y Vuelvo, nuestro detective de cabecera se enfrenta en las primeras páginas a un fracaso profesional en Túnez, cazado por la policía y amenazado con pasar los años de la niña bonita en prisión, vuelve a Madrid cabizbajo. Decide volar a Hungría a curar sus heridas con una buena compañía y allí le espera un nuevo fracaso ¿Dos fracasos nuestro Guerrero? ¿Quemado en un servicio y abandonado en la vida sentimental? ¿Es esta la muerte a la que se refiere el titulo? ¿Estos fracasos le harán replantearse la vida detectivesca y la sentimental? Tan solo nos queda como el mismo dice “Esperar, esperar y esperar. Y fumar”.

 Un té no va a ser suficiente, se hace necesario abrir una botella de vino Infiltrado para seguir con mi lectura.

Un fracaso profesional, una sorpresa sin destinataria, un ramo de flores en la basura, desarman al detective y a la persona, y dejan a Guerrero desnudo, un Guerrero sin armadura, un Guerrero confuso y perdido, tal y como él mismo reflexiona “la vida no es como debería ser ni como queremos que sea, es como es”. Pero la vida no está para quedarse lamiéndose las heridas y un nuevo caso reclama la atención del detective, un caso que le obliga a alejarse de España destino Brasil. Río de Janeiro, una ciudad llena de contradicciones, un destino hecho a la medida de la confusión mental y sentimental que sacude a nuestro protagonista. Sexo y alcohol a ritmo de samba marcan los primeros pasos de Guerrero por la ciudad carioca. Una azafata, un recepcionista de hotel y un detective brasileiro intentan devolverlo a la vida, sacudir su yo más profesional, y el tabaco, siempre malo para la salud, compañero inseparable del protagonista, será el pistoletazo de salida del agujero profundo en el que va cayendo sin apenas darse cuenta.

Un encuentro que no por inesperado es menos esperado, una regresión a la infancia y un sueño, despiertan su olfato detectivesco, la intuición del detective “viejo” comienza a sacar la cabeza entre tanta confusión y mezcla de sentimientos, nuestro Guerrero comienza a montar su armadura, el combate va a comenzar y esta vez será a vida o muerte, sin retorno, y el detective debe elegir.

Elegir, la vida es una constante elección, elegir la puerta verde o la puerta azul, una decisión que marcará el resto de la vida, del transcurrir de los acontecimientos, una elección que no tiene vuelta  atrás, y guerrero elige, como Rafa o como Guerrero. Yo tengo clara la decisión que va a tomar ¿me defraudará?

Es en las últimas páginas del relato cuando el titulo adquiere significado, Rafael Guerrero debe morir para resurgir de entre las cenizas cual Ave Fénix.

Cierro el libro y reflexiono sobre lo que acabo de leer (esta es otra de mis rarezas), paseo con el libro abrazado con una mano y la copa de vino en la otra, bebo, pienso…esto no ha terminado, en mi maleta sigue la otra novela de Rafael Guerrero el escritor, su titulo no me deja indiferente: Ultimátum. Después de Muero y Vuelvo el escritor nos amenaza con un ultimátum tal vez dirigido a nosotros, sus lectores. ¿O va dirigido a su alter ego, el detective privado Rafael Guerrero, el detective novelesco? Pero eso ya es otra historia, una novela que tal vez deba leer saboreando un gin tonic, pues me parece que un té y un vino no van a ser suficientes.

domingo, 2 de abril de 2017

Hipocresía Vital

Por María Rodríguez González-Moro

Hay veces que si el tiempo del reloj no lo impide, y aunque sea sin permiso de la autoridad, me entretengo mientras desayuno viendo los programas matinales de televisión que parecen continuar la senda del antiguo periódico El Caso. En más de una ocasión, tal vez demasiadas, entre sorbo y sorbo de café no tengo más remedio que sonreír ante la avalancha de despropósitos de los juzgadores televisivos, a la sazón periodistas dramaturgos, abogados oportunistas, criminólogos profesionales, criminólogos espontáneos, psiquiatras en busca del psicópata perdido, expertos en lenguaje gestual, agentes secretos venidos a menos y opinadores de todo tipo y condición.

La verdad es que es todo un espectáculo catódico, o tal vez ahora deba decir plasmódico, ver como se pisotea la presunción de inocencia de los seleccionados para el escarnio público de la escaleta televisiva que toque ese día; escandaliza ver cómo se juega con pruebas policiales fruto de investigaciones en marcha filtradas por no se sabe quién, pero sin duda alguien con placa; llaman la atención los debates televisivos sobre instrucciones abiertas en las que los abogados interesados nutren de munición para la batalla del verbo; sorprende ver como incluso el secreto de sumario se toma más a la ligera que cuando yo, de niña (¡qué tiempos!) le contaba a una amiguita un secreto al oído con el compromiso de que no se lo dijera a nadie. Y, por supuesto, de entre todo esto lo que sobresale es contemplar, desde la vergüenza del esperpento, a renombrados profesionales (o por lo menos renombrados) sentando cátedra de sus juicios paralelos, esos que dejan de lado la maquinaria de una justicia, presuntamente justa, para alentar a las masas a ir preparando la hoguera sin tener en cuenta que los preceptos constitucionales están plagados de señales triangulares que advierten del peligro de incendio.

Y ya puestos, y teniendo en cuenta que la cabra suele tener tendencia a tirar al monte, recuerdo cuando “El Colo” (José María Rodríguez Colorado, ex director general de la Policía, que en paz descanse), puso el huevo (económicamente hablando) con aquello de que eran las empresas de seguridad privada las que tomaban el relevo a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado en la vigilancia y control de acceso a edificios oficiales. De repente se pensó que ese trabajo lo podían hacer vigilantes jurados y guardias de seguridad, mientras guardias civiles y policías se podían dedicar a perseguir a los malos, que para eso se habían preparado. Aquello fue como la fiebre del oro para las empresas de seguridad, pero mucho más para aquellas que, contando con información privilegiada, supieron estar donde había que estar y en el momento que había que estar. Lo de menos era que el presupuesto que había para vigilancia se multiplicase, porque desde luego el sueldo de policías y guardias civiles que hacían esas funciones no era, ni de lejos, comparable con las tremendas y abultadas facturas que las empresas de seguridad presentaban para su cobro al Estado, sino que presumiblemente el hecho de liberar personal armado y suficientemente cualificado redundaría en mejores porcentajes de seguridad en las calles. Entonces, digo yo, ¿no sería posible hacer lo mismo con los detectives privados, atribuyéndoles trabajos que permitan liberar igualmente a policías y guardias civiles de investigaciones, digamos, de índole menor?

No parece de recibo, o al menos a mí no me lo parece, que veamos a diario en la televisión a la policía investigando a pobres diablos que estarían mejor de figurantes en cualquier capítulo de la novela picaresca española que siendo perseguidos como peligrosos delincuentes. ¿No sería mejor dedicar ese tiempo tan precioso a cuestiones más en la línea del grado de alerta en el que nos encontramos desde hace ya mucho tiempo? Claro que, el hecho de que la mayoría de detectives privados sean auténticos “llaneros solitarios”, no ayuda mucho a que sean tenidos en cuenta como colaboradores policiales de baja intensidad, tal vez si pertenecieran a grandes empresas, y esas empresas pertenecieran a su vez a prohombres de la vida pública, esa en la que las ramificaciones políticas penetran tanto como las raíces de las acacias africanas en busca de agua, sería más que seguro que podríamos ver una modificación de la ley en la que los detectives cumplieran labores de desahogo policial y los dueños de esas empresas hicieran lo propio de su cargo, las labores de un Dioni cualquiera sin necesidad de despeinarse, ni de comprarse peluca.


Los celiacos ya pueden ir encontrando muchos productos en los que el gluten se ha descartado avisando para ello con un preceptivo texto de “sin gluten”, pero lo que nunca encontrarán, ni tampoco los que no somos celiacos, es un aviso de “sin hipocresía vital” en el pan nuestro de cada día que supone vivir rodeados de tanto parecer sin ser. Tendré que apagar la tele más a menudo, esto no puede ser compatible con las alteraciones propias de la primavera.

martes, 7 de febrero de 2017

Lo que parece y lo que es

Por María Rodríguez González-Moro


Cuando escribo este artículo está pendiente una decisión del Supremo respecto a si acepta un recurso de modificación de sentencia relativo a la paternidad otorgada a un conocido presentador de televisión a quien, ya en firme, se le adjudicó dicha paternidad toda vez que se había negado reiteradamente a realizar las pruebas biológicas que demostrarían una cosa o la otra. Es evidente que la persona en cuestión, el presentador, estaba en su derecho de negarse a realizar dichas pruebas, máxime si él sabe que la duda razonable es más que una sospecha y que los incontables amigos de la madre demandante daban pie a una presunta multipaternidad aleatoria; lo que no está tan claro es que por ello, por negarse, se le deba condenar eternamente a tener un hijo que puede que no sea suyo, ya que si un hijo biológico es difícil de llevar en la sociedad actual, un hijo fallado por un tribunal cabría la posibilidad de que llegase a ser una auténtica pesadilla vital.

 Imaginemos por un momento que, dado su altísimo nivel de popularidad, y especialmente cuando se ubican los hechos en el tiempo en el que pretendidamente ocurrieron, varias mujeres hubieran dicho que sus hijos habían sido fecundados por el presentador cuestionado, y además como prueba esgrimieran el argumento de que a esos niños les encantaba ver la televisión, incluso que cuando salían de paseo, y veían un friki por la calle, los pequeños le llamaban “papá” al confundirlo con los personajes a los que el presentador solía entrevistar. ¿Estaría este hombre obligado a hacerse pruebas de paternidad para todas ellas como el que va cambiando de canal con el mando de la televisión? La respuesta es sí, con la ley en la mano lo más probable es que los diferentes jueces instructores le planteasen la obligación de hacerlas o le amenazasen, porque al final es de lo que se trata, de una amenaza legal, con encasquetarle tantos vástagos artificiales como madres fueran apareciendo. Bye, bye a la presunción de inocencia.

Mientras doy vueltas con una cuchara a mi té, al que he añadido una nube de leche, pienso que la situación actual del presentador con paternidad judicializada viene a ser lo mismo, hay algo que puede dar una vuelta al caso, como la cuchara, y una nube tormentosa que se cierne amenazante, como la nube de leche. La cuchara capaz de dar la vuelta es el recurso presentado por la hija del presentador para reabrir el caso, ya que ella es persona perjudicada que puede ver mermados sus intereses hereditarios, e incluso los familiares, porque no es lo mismo tener un medio hermano que no tenerlo; por cierto, me quito el sombrero (aunque sea de lana) delante del abogado al que se le ha ocurrido esta estrategia. La nube de leche, siguiendo con el símil de mi té, representa la sentencia firme ya dictada, ya que los jueces no son muy amigos de modificar lo firmado, y sobre todo si se llegaron a dar, parece, hasta cuatro oportunidades para que el presentador demostrase que era “inocente”. Nunca entenderé que la carga de la prueba en estos casos dependa siempre del acusado y no del que acusa, ya que hay medios suficientes para acusar con pruebas más allá de que sea el acusado el que tenga que ceder a realizarse las pruebas biológicas, no olvidemos que ello conlleva también un malestar importante que se genera en el entorno familiar del denunciado.

Me ha parecido muy interesante que, en esta especie de último intento azorado de poner las cosas en su lugar, fuera un detective privado, por encargo de la hija biológica del presentador, quien consiguiera el elemento del que se extrajo el adn del niño al que se le busca padre entre tantos posibles (creo que se trataba de un tenedor); y también me ha parecido interesante que la parte contraria exponga ante el fiscal de menores toda suerte de improperios, cuestionando desde el derecho a que se le haga esta jugada a un menor de edad sin el consentimiento de la madre, hasta la ruptura de la cadena de custodia por no tratarse de prueba forense consentida, cargando por ello contra la interesada, hija del presentador, y contra éste mismo por entender que se trata del instigador en la sombra.


No conozco los detalles de la sentencia por la que se condenó al presentador a paternidad perpetua, por lo que no puedo saber exactamente si se podrían haber evitado el paso de contratar a un detective privado simplemente ejerciendo de padre, lo que actualmente es por ley, y tomando él mismo la prueba biológica de su hijo legal y presuntamente biológico. Pero, en todo caso, y ya que han recurrido a un profesional de la investigación cuya licencia le cualifica para este tipo de operaciones, teniendo además en consideración que la persona contratante goza de interés legítimo en la causa, lo que cabría esperar del alto tribunal es que entienda que hay motivo suficiente para la revisión, lo contrario sería dejar en el aire la sensación jurídica de que una cosa es lo que parece ser y otra lo que es. De la vida rota del menor prefiero no opinar, vendría a ser como echarle sal al té, no habría por dónde cogerlo.