viernes, 10 de diciembre de 2021

TRES CENTÍMETROS

 

Por María Rodríguez González-Moro

Aquél hombre estaba tirado en la acera sobre un charco de sangre, yacía boca abajo y por momentos la gente se agolpaba a su alrededor para ver qué había ocurrido. Miraban hacia arriba como buscando el origen de su muerte, porque estaba claro que muerto estaba; hay muertos que parecen estarlo pero luego se arrepienten y resucitan, mientras hay otros que parecen estarlo y lo están, como debe ser en cada muerto que se precie.    Nadie se atrevía a tocarlo, era como esas obras callejeras en las que un mimo construye un momento mágico haciendo que, a partir de su silencio, las personas ni se atrevan a intuir lo que va a pasar a continuación.

Miro desde mi balcón preguntándome qué habrá podido llevar a aquél hombre a tomar una decisión tan definitiva en la que enmarcar la conclusión de sus días. Muchas veces yo también he pensado hacer lo mismo, quiero decir dejarme ir, no saltar al vacío, el vértigo me puede. Creo que todos pensamos alguna vez que estamos cansados de la vida y hasta hemos fantaseado sobre cuál sería la forma más adecuada de firmar el finiquito vital, pero en mi caso, los últimos tres años han sido un constante ir y venir por páginas de Internet en las que se habla sobre el tema buscando la formula alquímica que me permitiera transformar el plomo en oro, porque eso parecía mi vida, puro plomo, gris oscuro, y flirteaba con la idea de que esa luz cegadora al final del túnel tal vez pudiera convertirla en oro, en el oro de la liberación, porque soy de las que piensan que vivir sin colores no es vivir. Afortunadamente algo en mi interior me mantenía lejos de ejecutar esos pensamientos de tardes nostálgicas otoñales de lluvia de lágrimas.

Mi marido me pega, me grita, me ningunea, me llama zorra sin haber cobrado nunca por dejar que mi cuerpo fuera el guiñapo del oscuro objeto de sus deseos. Me casé con él porque me sonreía siempre, era capaz de decirme guapa a destiempo, de esas ocasiones en las que un piropo íntimo te descoloca y piensas que el amor te desborda. Nuestros primeros años fueron como vivir en un paraíso reducido a un piso de cuarenta metros, poco importaba que no hubiera playas infinitas, porque ya era suficientemente infinito nuestro amor. Pero algo pasó, un día me vio sentada en la terraza de un bar con dos amigas y nunca olvidaré que no apartaba la mirada de mis piernas, como si los tres centímetros que la falda subía de mi rodilla fueran motivo suficiente para estrujar todas nuestras pasiones nocturnas y nuestras cómplices miradas cafeteras matutinas, que fueron muchas.

A partir de ahí esos tres centímetros se convirtieron en tres años de humillaciones, de dolor, de miedo. Ahora están dando la vuelta a aquél hombre de la calle. ¡Es mi marido! Entro en mi habitación sin saber qué hacer y me encuentro otro cadáver. ¡Dios mío, soy yo con un cuchillo clavado en el corazón! Me pregunto cómo pudo matarme si mi corazón hace mucho que ya no estaba.

miércoles, 20 de marzo de 2019

La cajita de rapé

por María Rodríguez González-Moro
La cajita de rapé (Ediciones Maeva) es uno de esos libros que me llamó la atención por su titulo en una de mis visitas a librerías virtuales a las que soy tan asidua; un titulo y un autor que desconocía por completo, pero que aúna algunas de mis pasiones: historia, política, investigación y libros, no necesariamente por ese orden. Siempre me atrajo la historia de las cajas de rapé, esa imagen del señor decimonónico que se ausentaba de las reuniones y fiestas para ir a “echar un polvo”, una especie de ralladura elaborada con tabaco y otras “plantas medicinales” que se guardaba en unas cajitas que eran en algunos casos autenticas obras de arte.

La novela trascurre a mediados del siglo XIX con los últimos coletazos del reinado de Isabel II, reinado que se caracterizó por la inestabilidad política, donde se pasó de la década moderada al bienio progresista. Esta obra se desarrolla durante la crisis isabelina (1858-1863), con la alternancia en el poder entre Narváez y O’Donnell con su partido Unión Liberal. Es 1861, en los días anteriores a la apertura de las Cortes, donde las intrigas y presiones son más que evidentes, como bien refleja García-Pozuelo de una manera muy didáctica en la persona del inspector Benítez, quien se ve sometido a presiones políticas debiendo elegir entre escalar en su faceta profesional o ser consecuente con sus ideas, con su forma de ser y de pensar. Un periodo donde la policía está siendo remodelada para dotarla de una mayor profesionalidad, y donde todavía faltaba casi un siglo para que Locard  formulara  el principio de intercambio, principio que significó un avance importantísimo para la criminalística. Estamos en una época donde el olfato del policía y la iniciativa del investigador eran esenciales para resolver los delitos.

Criadas, porteros, cocheros, amas de llaves, políticos, banqueros, prostitutas, unos prófugos, un robo, un asesinato, una desaparición, un ofrecimiento, un articulo en prensa, una Cortes por constituirse, unos libros y tertulias de café se mezclan en el distrito de Latina, que con sus calles estrechas y retorcidas, junto a otras rectilíneas y espaciosas, unas silenciosas y otras bulliciosas, es la coctelera perfecta para desarrollar una trama que no deja indiferente a nadie. El caso de las alcarreñas es el escogido por el autor para comenzar la saga del inspector Benítez, o eso esperamos, que esto no quede aquí. El asesinato de la criada de una de las familias más influyentes de Madrid lleva a Benítez a desplegar su instinto policial, un asesinato que sin el olfato de un policía curtido en mil batallas podría haber quedado impune y ser producto simplemente de un robo asumiendo que la criada estaba en el lugar y el momento equivocado.

La prosa de Javier A. García–Pozuelo es ligera, pero no por ello menos minuciosa en las descripciones de un Madrid otoñal donde el frío comienza a hacer su aparición, un Madrid lleno de acentos de toda España, desde los asturianos de los mozos del cordel, pasando por las criadas alcarreñas, hasta manchegos, murcianos y extremeños, todos caben en ese Madrid. Junto a los acentos los atuendos que delatan el oficio, y también el miedo a la autoridad, a esa policía que siempre encuentra un fallo en el cumplimiento de la ley, un resquicio por donde apretar las tuercas para conseguir la información deseada. En este primer caso no llegamos a conocer del todo al inspector Benítez, viudo y con dos hijas, inquieto por la situación política y por el futuro de su hija pequeña y de su sobrino, que juega un papel importante en la resolución del caso, un Benítez que necesita cariño, pero no quiere comprometerse, un Benítez amante de la lectura y de los libros antiguos y que dará todo por resolver un caso que se complica conforme avanza su investigación.


He de reconocer que no conozco Madrid como me gustaría, pero el paseo al que me ha llevado el inspector Benítez ha hecho que me proponga volver a la ciudad y dedicarme a recorrer sus calles con una perspectiva distinta, con los ojos del inspector y, desde luego, espero que nos siga entreteniendo con investigaciones futuras y apasionantes como esta. 

viernes, 11 de enero de 2019

Yo, Detective

Por María Rodríguez González-Moro                                                               
Fundadora del Grupo para la Difusión de la Investigación y la Criminología (GDIC)

Una mujer maltratada cuyas reflexiones y miedos hace suyos el escritor y unos padres angustiados por la desaparición de su hijo son el eje de la novela, en ambos casos sobresale la impotencia de los protagonistas ante el giro que ha dado su vida.

En esta obra volvemos a encontrarnos con la soledad, esa “hiena insaciable” que persigue a nuestro detective y que en esta ocasión leemos con voz de mujer, de una mujer maltratada que debe abandonar su vida si quiere conservarla. Una soledad no buscada, esa soledad “hija de puta” impuesta a la protagonista del primer caso de Guerrero.

La protagonista hace una reflexión hacia la soledad reversible, el estar en casa sola donde nadie te dice qué hacer ni cómo hacerlo, un poder pequeño e insignificante como tener el mando de la televisión para una misma, de no vestirte o arreglarte, de comer a deshoras y lo que te apetezca. Pero es una soledad que se desvanece con una llamada a un amigo, a un familiar, una soledad que no es soledad sino poder, o sensación de poder; una soledad en cierta forma buscada y que no es soledad en puridad, pero que puede ser el primer paso hacia esa soledad que trae tristeza y abandono, una soledad que Carla describe como irreversible, no buscada, no querida, como la de esas personas a las que nadie echa en falta y mueren solas, esa soledad donde las preguntas se quedan en el aire porque ”no hay dos, estoy yo sola…”. Es la soledad de la que hay que alejarse, a la que hay que temer y nuestra protagonista le teme porque se enfrenta a un futuro incierto, o a un no futuro si el marido consigue encontrarla. Y es también Carla la que nos hace reflexionar sobre el exilio que implica sentirse sola en un mundo desconocido, sobre ser forastera de una misma, un exilio del que es imposible regresar.

El segundo caso que recoge el autor es un caso de actualidad, unos padres angustiados por la desaparición de su hijo acuden al detective con la esperanza de conseguir información, de volver a ver a su hijo. Aquí Guerrero vuelve a darnos una lección de investigación real, grabaciones legales, entrevistas, mucha comunicación no verbal, el no dar nada por hecho, ni tampoco por supuesto y, como siempre, la eterna desconfianza de Guerrero.

En esta ocasión el detective volará a la India, “al infierno de la paz interior”, lugar perfecto para reflexionar, para meditar sobre la vida. Se tropezará con la mafia india, desconfiará de todo y de todos, viajará hasta Benarés y temerá por su vida, aunque siempre tenga guardado en la recamara un plan b, como buen detective.

En esta novela he de reconocer que Guerrero me ha sorprendido, se presenta más maduro como escritor, como detective y como persona, me ha sorprendido por su forma de narrar la historia empleando la tercera persona, porque es un narrador el que nos conduce por las aventuras y desventuras del detective, haciendo que el alter ego del autor se desdibuje, cediendo protagonismo a otros actores. Su estilo al escribir es más intenso, más literario si se me permite la expresión, la preocupación casi obsesiva por el uso de los signos de puntuación confieren a esta obra más empaque como novela, como obra literaria a costa de la perdida de la libertad del Rafael Guerrero detective, que se encuentra más constreñido en las formas, en su lenguaje, en describirnos su vida, sus aventuras y desventuras.

Echo de menos al detective canalla, al detective conquistador y gourmet, al socarrón y “disfrutador” de la vida, al detective de un Guerrero entre halcones, donde descubrí un detective español real, mas allá de los detectives anglosajones, un libro que recomendé a mis alumnos. Al detective canalla, mitad real, mitad ficticio, de Muero y Vuelvo que me cautivó, me hizo reír a carcajadas y con el que comí y bebí. Ese detective de Ultimátum con el que viajé a lugares de leyenda destrozados por una guerra absurda. En Yo, Detective he viajado, sonreído y pensado, me ha hecho pensar mucho y me he enfadado con Rafael, con su recién estrenada madurez, o tal vez con quien estoy enfadada es conmigo misma y con esa madurez que llama insistentemente a la puerta y a la que no quiero dejar entrar refugiándome por enésima vez en la lectura de El Principito.


Con Yo, Detective Rafael Guerrero ha dado un gran paso como escritor, protegido por su alter ego que sigue teniendo mucha fuerza, un sello personal que no debe perder, no queremos perder al Bond español, al Areta contemporáneo, al detective canalla, socarrón, amante del buen vino y la buena comida, al conquistador nato, y eso no va a ocurrir, estoy segura, pues el título es toda una declaración.  Rafael Guerrero es y será detective pase lo que pase y pese a quien pese, incluso si debe pasar por encima del Rafael Guerrero escritor. 

sábado, 7 de abril de 2018

ULTIMÁTUM

Por María Rodríguez González-Moro
Me resultaría relativamente fácil hacer una reseña al uso, lo he intentado, prometo que he intentado hacerlo, pero al leerla no me reconozco ni a mi misma ni al escritor. Podría comenzar escribiendo que Ultimátum es la tercera novela del detective y escritor Rafael Guerrero, que fiel a su estilo nos introduce directamente en el mundo de la investigación, el sexo, la comida, los viajes y el vino (no precisamente en ese orden). Podría seguir diciendo que en esta ocasión Palermo, Augusta, Roma, Madrid y Ammán son las ciudades elegidas para introducirnos en Siria, en el nudo de la historia. Podría escribir que Sicilia es el escenario del primer caso, la excusa perfecta para conocer el origen de la mafia, la comida y el vino italiano, donde una prostituta despliega su catálogo y donde aprendo que los lupanares se instalan en pisos altos sin ascensor para que el cliente llegue sin resuello y así la hora feliz sea más rápida. (Gracias Rafa, nunca hubiese caído en eso). Y su primer encuentro con la muerte y con el ser y el deber ser.

Roma, la ciudad eterna, perfecta para reencontrarse con una vieja amiga que quiere eternizarla en su vida. Un imprevisto en el aeropuerto, de nuevo la duda entre el ser y el deber ser,  salvado de elegir  por el sonido del móvil.

De regreso a Madrid, encuentro con las calles y caras conocidas, pero en la vida del detective no hay lugar para el descanso y de nuevo el trabajo llama a su puerta , esta vez de la mano de unos ejecutivos vuela a Londres, ciudad de paso, donde  acepta un encargo difícil e interesante, un caso sobre un hipotético sabotaje en Siria, país en guerra, pero Guerrero no se amilana y acepta el reto, reto que le llevará a ciudades otrora mágicas, hoy desoladas, lugares donde desplegará sus dotes de sagaz detective y de encantador de serpientes, lugares donde se enfrentará de nuevo a la muerte y a la vida, a la vida vestida de mujer, y donde sus encuentros le harán replantearse muchas cosas, o como dice Rafael “En realidad una sola.” Resolverá dos casos por el precio de uno, y volverá a casa pasando por Roma a reunirse con la eterna Raquel, el ser y el deber ser, y de nuevo el destino al rescate del hombre.

Podría terminar felicitando al detective-escritor por la magistral resolución del caso y  de la novela y por la gran profusión de datos que despliega a lo largo del escrito, y así lo hago, pero quiero decir más de una novela que tenía pendiente desde hace tiempo, una novela que quería leer con un gintonic y que he leído con una cerveza  y varios cafés.

En esta novela he descubierto a un Rafael Guerrero más escritor, más preparado en el uso del lenguaje (evito poner lengua pues en mi cabeza resuena el posible comentario del detective), más maduro, más experto, más estudiado. Las descripciones son detalladas y profusas, en algunos momentos me parece leer un libro de viajes que despierta el deseo de viajar, de recorrer esos lugares, de comer esos manjares, beber esos vinos y contemplar el mar Mediterráneo, el desierto y de mezclarme con la población autóctona.

En Ultimátum me reencuentro con el detective sagaz de “Un Guerrero entre Halcones”, un detective que, como no podía ser de otra manera, no deja nada a la improvisación, las técnicas que usa y describe son preparadas al milímetro, la cobertura impecable, el plan de escape previsto, pero también aparece el sexto sentido de los detectives curtidos, y su capacidad para adaptarse a los imprevistos venciendo la desconfianza que siempre les generan las personas que los rodean. Unos detectives que no dudan en abandonar su maleta, y salvar sus instrumentos de trabajo (pienso si entre lo salvado se encuentra la bolsa de aseo).


Esta novela rezuma soledad, la soledad del detective, esas horas de vigilancia que se hacen eternas, esa habitación de hotel solitaria donde solo queda hablar con uno mismo, donde las preguntas y respuestas solo existen en nuestra mente, una soledad que a pesar de cubrirla con cigarrillos, comida y sexo no deja de ser SOLEDAD en mayúsculas, trabajo duro el del detective privado, donde no existen las horas ni los planes familiares, una vida monótona a la par que excitante si sabes describirla de la forma como nos la describe un detective real como Rafael Guerrero. “La vida no es como debería ser ni como nos gustaría, es como es”

jueves, 11 de enero de 2018

Muertos prescindibles

por María Rodríguez González-Moro 


Cuando me recomendaron esta novela, confieso que la acepté con escepticismo, otra novela negra sueca más. Reconozco que soy lectora compulsiva, y leo todo lo que cae en mis manos, pero últimamente había dejado este género, todas las historias eran muy previsibles y me aburrían.

El titulo me atrajo, es costumbre de una servidora darle vueltas al título antes de comprar un libro o empezar a leerlo. ¿Muertos prescindibles? ¿Hay algún muerto prescindible? No lo creo. Los autores, ¿quienes son? Internet al rescate, entre otras cosas estos dos autores son guionistas, lo que me da pie a pensar que voy a enfrentarme a una novela escrita para que pueda ser llevada al cine, con descripciones cortas y mucho diálogo.

Muertos prescindibles es la tercera novela de la serie Bergman, no temáis, aunque el protagonista es el psicólogo criminalista Sebastián Bergman, la novela tiene entidad por ella misma.

El encuentro fortuito de seis cadáveres sepultados en la misma fosa y con un disparo en la cabeza desencadena una investigación nada fácil, primero hay que descubrir la identidad de seis muertos, muertos que nadie ha reclamado ¿muertos prescindibles? ¿Asesino en serie? No hay pistas, no hay testigos y la colaboración de los habitantes del lugar es escasa. Cuando el equipo de investigación cree tener un hilo conductor hace su aparición el servicio secreto para archivar el caso. ¿Lo conseguirá? ¿Qué tienen que ver con esta historia una mujer inmigrante y un periodista? La intriga está servida.

 Esta investigación se mezcla con la vida personal de los investigadores, miedos, recelos…  y sobre todo con la vida del gran Sebastián Bergman, una vida llena de mujeres y secretos, una vida que será el hilo conductor de toda la serie Bergman.

En definitiva, una novela negra sueca, ágil, fácil de leer, que te atrapa y te deja con ganas de leer más, de saber más. Si queréis pasar un buen rato, sin complicaciones, os la recomiendo.


Voy a por el primer título de la serie.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Muero y vuelvo

Por María Rodríguez González-Moro

  Una de mis rarezas, convertida en pasatiempo, es pasearme por las librerías- antes físicas, ahora también virtuales- buscando libros con títulos que me sorprendan  por su originalidad y que hagan volar mi imaginación pensando en lo que me aguarda si decido perderme entre sus páginas; he de reconocer que muchas veces ese libro me ha defraudado y en otras, las mas, he descubierto autores a los que he seguido durante años.

Cuando cayó en mis manos Muero y Vuelvo de Rafael Guerrero, estuve dándole vueltas a ese título tan contradictorio como sugerente, morir y volver, me preguntaba si el escritor no se había confundido a la hora de usar las conjunciones y en vez de usar la conjunción copulativa “y”, quería usar la disyuntiva “o”. Muero o vuelvo, ese título tendría más sentido para una novela de detectives donde ante un caso difícil el protagonista debe optar entre morir o volver a su guarida. A tal punto llegó mi paranoia que miraba la portada, dejaba el ejemplar en la mesa, no quería abrirlo, ni leer la contraportada (otra rareza de las mías, leo la contraportada una vez terminada la lectura para así llegar  virgen y sorprenderme). En ese momento decidí agarrar el toro por los cuernos y beber un té  frente a la chimenea para reencontrarme con el detective Guerrero.

En Muero y Vuelvo, nuestro detective de cabecera se enfrenta en las primeras páginas a un fracaso profesional en Túnez, cazado por la policía y amenazado con pasar los años de la niña bonita en prisión, vuelve a Madrid cabizbajo. Decide volar a Hungría a curar sus heridas con una buena compañía y allí le espera un nuevo fracaso ¿Dos fracasos nuestro Guerrero? ¿Quemado en un servicio y abandonado en la vida sentimental? ¿Es esta la muerte a la que se refiere el titulo? ¿Estos fracasos le harán replantearse la vida detectivesca y la sentimental? Tan solo nos queda como el mismo dice “Esperar, esperar y esperar. Y fumar”.

 Un té no va a ser suficiente, se hace necesario abrir una botella de vino Infiltrado para seguir con mi lectura.

Un fracaso profesional, una sorpresa sin destinataria, un ramo de flores en la basura, desarman al detective y a la persona, y dejan a Guerrero desnudo, un Guerrero sin armadura, un Guerrero confuso y perdido, tal y como él mismo reflexiona “la vida no es como debería ser ni como queremos que sea, es como es”. Pero la vida no está para quedarse lamiéndose las heridas y un nuevo caso reclama la atención del detective, un caso que le obliga a alejarse de España destino Brasil. Río de Janeiro, una ciudad llena de contradicciones, un destino hecho a la medida de la confusión mental y sentimental que sacude a nuestro protagonista. Sexo y alcohol a ritmo de samba marcan los primeros pasos de Guerrero por la ciudad carioca. Una azafata, un recepcionista de hotel y un detective brasileiro intentan devolverlo a la vida, sacudir su yo más profesional, y el tabaco, siempre malo para la salud, compañero inseparable del protagonista, será el pistoletazo de salida del agujero profundo en el que va cayendo sin apenas darse cuenta.

Un encuentro que no por inesperado es menos esperado, una regresión a la infancia y un sueño, despiertan su olfato detectivesco, la intuición del detective “viejo” comienza a sacar la cabeza entre tanta confusión y mezcla de sentimientos, nuestro Guerrero comienza a montar su armadura, el combate va a comenzar y esta vez será a vida o muerte, sin retorno, y el detective debe elegir.

Elegir, la vida es una constante elección, elegir la puerta verde o la puerta azul, una decisión que marcará el resto de la vida, del transcurrir de los acontecimientos, una elección que no tiene vuelta  atrás, y guerrero elige, como Rafa o como Guerrero. Yo tengo clara la decisión que va a tomar ¿me defraudará?

Es en las últimas páginas del relato cuando el titulo adquiere significado, Rafael Guerrero debe morir para resurgir de entre las cenizas cual Ave Fénix.

Cierro el libro y reflexiono sobre lo que acabo de leer (esta es otra de mis rarezas), paseo con el libro abrazado con una mano y la copa de vino en la otra, bebo, pienso…esto no ha terminado, en mi maleta sigue la otra novela de Rafael Guerrero el escritor, su titulo no me deja indiferente: Ultimátum. Después de Muero y Vuelvo el escritor nos amenaza con un ultimátum tal vez dirigido a nosotros, sus lectores. ¿O va dirigido a su alter ego, el detective privado Rafael Guerrero, el detective novelesco? Pero eso ya es otra historia, una novela que tal vez deba leer saboreando un gin tonic, pues me parece que un té y un vino no van a ser suficientes.

domingo, 2 de abril de 2017

Hipocresía Vital

Por María Rodríguez González-Moro

Hay veces que si el tiempo del reloj no lo impide, y aunque sea sin permiso de la autoridad, me entretengo mientras desayuno viendo los programas matinales de televisión que parecen continuar la senda del antiguo periódico El Caso. En más de una ocasión, tal vez demasiadas, entre sorbo y sorbo de café no tengo más remedio que sonreír ante la avalancha de despropósitos de los juzgadores televisivos, a la sazón periodistas dramaturgos, abogados oportunistas, criminólogos profesionales, criminólogos espontáneos, psiquiatras en busca del psicópata perdido, expertos en lenguaje gestual, agentes secretos venidos a menos y opinadores de todo tipo y condición.

La verdad es que es todo un espectáculo catódico, o tal vez ahora deba decir plasmódico, ver como se pisotea la presunción de inocencia de los seleccionados para el escarnio público de la escaleta televisiva que toque ese día; escandaliza ver cómo se juega con pruebas policiales fruto de investigaciones en marcha filtradas por no se sabe quién, pero sin duda alguien con placa; llaman la atención los debates televisivos sobre instrucciones abiertas en las que los abogados interesados nutren de munición para la batalla del verbo; sorprende ver como incluso el secreto de sumario se toma más a la ligera que cuando yo, de niña (¡qué tiempos!) le contaba a una amiguita un secreto al oído con el compromiso de que no se lo dijera a nadie. Y, por supuesto, de entre todo esto lo que sobresale es contemplar, desde la vergüenza del esperpento, a renombrados profesionales (o por lo menos renombrados) sentando cátedra de sus juicios paralelos, esos que dejan de lado la maquinaria de una justicia, presuntamente justa, para alentar a las masas a ir preparando la hoguera sin tener en cuenta que los preceptos constitucionales están plagados de señales triangulares que advierten del peligro de incendio.

Y ya puestos, y teniendo en cuenta que la cabra suele tener tendencia a tirar al monte, recuerdo cuando “El Colo” (José María Rodríguez Colorado, ex director general de la Policía, que en paz descanse), puso el huevo (económicamente hablando) con aquello de que eran las empresas de seguridad privada las que tomaban el relevo a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado en la vigilancia y control de acceso a edificios oficiales. De repente se pensó que ese trabajo lo podían hacer vigilantes jurados y guardias de seguridad, mientras guardias civiles y policías se podían dedicar a perseguir a los malos, que para eso se habían preparado. Aquello fue como la fiebre del oro para las empresas de seguridad, pero mucho más para aquellas que, contando con información privilegiada, supieron estar donde había que estar y en el momento que había que estar. Lo de menos era que el presupuesto que había para vigilancia se multiplicase, porque desde luego el sueldo de policías y guardias civiles que hacían esas funciones no era, ni de lejos, comparable con las tremendas y abultadas facturas que las empresas de seguridad presentaban para su cobro al Estado, sino que presumiblemente el hecho de liberar personal armado y suficientemente cualificado redundaría en mejores porcentajes de seguridad en las calles. Entonces, digo yo, ¿no sería posible hacer lo mismo con los detectives privados, atribuyéndoles trabajos que permitan liberar igualmente a policías y guardias civiles de investigaciones, digamos, de índole menor?

No parece de recibo, o al menos a mí no me lo parece, que veamos a diario en la televisión a la policía investigando a pobres diablos que estarían mejor de figurantes en cualquier capítulo de la novela picaresca española que siendo perseguidos como peligrosos delincuentes. ¿No sería mejor dedicar ese tiempo tan precioso a cuestiones más en la línea del grado de alerta en el que nos encontramos desde hace ya mucho tiempo? Claro que, el hecho de que la mayoría de detectives privados sean auténticos “llaneros solitarios”, no ayuda mucho a que sean tenidos en cuenta como colaboradores policiales de baja intensidad, tal vez si pertenecieran a grandes empresas, y esas empresas pertenecieran a su vez a prohombres de la vida pública, esa en la que las ramificaciones políticas penetran tanto como las raíces de las acacias africanas en busca de agua, sería más que seguro que podríamos ver una modificación de la ley en la que los detectives cumplieran labores de desahogo policial y los dueños de esas empresas hicieran lo propio de su cargo, las labores de un Dioni cualquiera sin necesidad de despeinarse, ni de comprarse peluca.


Los celiacos ya pueden ir encontrando muchos productos en los que el gluten se ha descartado avisando para ello con un preceptivo texto de “sin gluten”, pero lo que nunca encontrarán, ni tampoco los que no somos celiacos, es un aviso de “sin hipocresía vital” en el pan nuestro de cada día que supone vivir rodeados de tanto parecer sin ser. Tendré que apagar la tele más a menudo, esto no puede ser compatible con las alteraciones propias de la primavera.

martes, 7 de febrero de 2017

Lo que parece y lo que es

Por María Rodríguez González-Moro


Cuando escribo este artículo está pendiente una decisión del Supremo respecto a si acepta un recurso de modificación de sentencia relativo a la paternidad otorgada a un conocido presentador de televisión a quien, ya en firme, se le adjudicó dicha paternidad toda vez que se había negado reiteradamente a realizar las pruebas biológicas que demostrarían una cosa o la otra. Es evidente que la persona en cuestión, el presentador, estaba en su derecho de negarse a realizar dichas pruebas, máxime si él sabe que la duda razonable es más que una sospecha y que los incontables amigos de la madre demandante daban pie a una presunta multipaternidad aleatoria; lo que no está tan claro es que por ello, por negarse, se le deba condenar eternamente a tener un hijo que puede que no sea suyo, ya que si un hijo biológico es difícil de llevar en la sociedad actual, un hijo fallado por un tribunal cabría la posibilidad de que llegase a ser una auténtica pesadilla vital.

 Imaginemos por un momento que, dado su altísimo nivel de popularidad, y especialmente cuando se ubican los hechos en el tiempo en el que pretendidamente ocurrieron, varias mujeres hubieran dicho que sus hijos habían sido fecundados por el presentador cuestionado, y además como prueba esgrimieran el argumento de que a esos niños les encantaba ver la televisión, incluso que cuando salían de paseo, y veían un friki por la calle, los pequeños le llamaban “papá” al confundirlo con los personajes a los que el presentador solía entrevistar. ¿Estaría este hombre obligado a hacerse pruebas de paternidad para todas ellas como el que va cambiando de canal con el mando de la televisión? La respuesta es sí, con la ley en la mano lo más probable es que los diferentes jueces instructores le planteasen la obligación de hacerlas o le amenazasen, porque al final es de lo que se trata, de una amenaza legal, con encasquetarle tantos vástagos artificiales como madres fueran apareciendo. Bye, bye a la presunción de inocencia.

Mientras doy vueltas con una cuchara a mi té, al que he añadido una nube de leche, pienso que la situación actual del presentador con paternidad judicializada viene a ser lo mismo, hay algo que puede dar una vuelta al caso, como la cuchara, y una nube tormentosa que se cierne amenazante, como la nube de leche. La cuchara capaz de dar la vuelta es el recurso presentado por la hija del presentador para reabrir el caso, ya que ella es persona perjudicada que puede ver mermados sus intereses hereditarios, e incluso los familiares, porque no es lo mismo tener un medio hermano que no tenerlo; por cierto, me quito el sombrero (aunque sea de lana) delante del abogado al que se le ha ocurrido esta estrategia. La nube de leche, siguiendo con el símil de mi té, representa la sentencia firme ya dictada, ya que los jueces no son muy amigos de modificar lo firmado, y sobre todo si se llegaron a dar, parece, hasta cuatro oportunidades para que el presentador demostrase que era “inocente”. Nunca entenderé que la carga de la prueba en estos casos dependa siempre del acusado y no del que acusa, ya que hay medios suficientes para acusar con pruebas más allá de que sea el acusado el que tenga que ceder a realizarse las pruebas biológicas, no olvidemos que ello conlleva también un malestar importante que se genera en el entorno familiar del denunciado.

Me ha parecido muy interesante que, en esta especie de último intento azorado de poner las cosas en su lugar, fuera un detective privado, por encargo de la hija biológica del presentador, quien consiguiera el elemento del que se extrajo el adn del niño al que se le busca padre entre tantos posibles (creo que se trataba de un tenedor); y también me ha parecido interesante que la parte contraria exponga ante el fiscal de menores toda suerte de improperios, cuestionando desde el derecho a que se le haga esta jugada a un menor de edad sin el consentimiento de la madre, hasta la ruptura de la cadena de custodia por no tratarse de prueba forense consentida, cargando por ello contra la interesada, hija del presentador, y contra éste mismo por entender que se trata del instigador en la sombra.


No conozco los detalles de la sentencia por la que se condenó al presentador a paternidad perpetua, por lo que no puedo saber exactamente si se podrían haber evitado el paso de contratar a un detective privado simplemente ejerciendo de padre, lo que actualmente es por ley, y tomando él mismo la prueba biológica de su hijo legal y presuntamente biológico. Pero, en todo caso, y ya que han recurrido a un profesional de la investigación cuya licencia le cualifica para este tipo de operaciones, teniendo además en consideración que la persona contratante goza de interés legítimo en la causa, lo que cabría esperar del alto tribunal es que entienda que hay motivo suficiente para la revisión, lo contrario sería dejar en el aire la sensación jurídica de que una cosa es lo que parece ser y otra lo que es. De la vida rota del menor prefiero no opinar, vendría a ser como echarle sal al té, no habría por dónde cogerlo.   

domingo, 15 de enero de 2017

Inocencia tardía

Por María Rodríguez González-Moro

Hay noticias que me suelen dejar helada, en la mayoría de los casos por su dureza anti humana, pero también hay otras que me dejan perpleja por su evidente falta de rigor informativo y, a pesar de ello, ocupar lugar preferencial en los medios de comunicación. Y también existen noticias que mezclan ambas sensaciones, como la del “Caso Nadia”, en las que conviven la dureza de saber que existen acontecimientos que una no puede ni imaginar, con una difusión que las convierte en pura fantasía especulativa.

El Caso Nadia me está enseñando muchas cosas, una de ellas que existen palabrejas tan raras como lo que quieren denominar, porque ya me dirán si “Tricotiodistrofia” no es una palabra que se las trae. La mayoría de nosotros, creyentes adoradores (y adoratrices, por si alguien se ofende) de un mundo tan feliz como el de Aldous Huxley, pensamos que esto de las enfermedades es algo de sota, caballo y rey, y que éstas son tan conocidas y manejables que con un simple Ibuprofeno en la mano podemos llegar a enfrentarnos a ellas sin más problema. La realidad no es así, hay tantas enfermedades desconocidas como estrellas somos capaces de ver sin telescopio a partir de la contaminación lumínica, por lo que supongamos que, con un buen telescopio, y sin luces perturbadoras, la posibilidad de secuenciar enfermedades raras, o mejor aún, inimaginables para el actual conocimiento humano, puede ser tan infinita como deprimente, ya que nos muestra la vulnerabilidad a la que estamos expuestos a pesar de nuestra soberbia, tan infinita como esa secuenciación de patologías imposibles.

También este caso de la niña presuntamente tricotiodistrófica (ya que a la hora de escribir esto parece que nadie ha aportado un solo documento médico que confirme ni la enfermedad, ni tipo ni grado, más allá de la sospecha de un pediatra hace alrededor de nueve años), me ha hecho reflexionar mucho, qué digo mucho, muchísimo, sobre las cosas que guardamos en los archivos de nuestras vidas (sean estos digitales o palpables), porque en cualquier momento puede llegar alguien que, al tirar de ellas, las versione según su digno entender otorgándoles lecturas que casen más con el delito que con la simpleza de pensamiento con que fueron hechas. Y así, tenemos las pretendidas fotos erótico festivas de los padres en un pendrive que el instructor ha dado por pornográficas y exhibicionistas según, como acabo de apuntar, su digno entender personal y jurisprudencial, sea éste opusiano o liberador. Ahora va a resultar que todos somos actores porno de la película de nuestra vida, porque pocos nos libramos de retratar, o haber sido retratados, en algo tan natural como nuestra madre nos trajo al mundo, a no ser que se trate de un bebé probeta y lo pornográfico sea disponer de imágenes de tubos de ensayo.

Parece broma esta reflexión que publico, pero no lo es, la imputación de dos personas por fotografiarse desnudas, independientemente de lo que parezca que estén haciendo en las fotos, y por aparecer el pie de una menor en ellas es para, cuanto menos, atemorizarse en primera persona y comenzar a destruir archivos, darse de baja de todas las redes sociales y hacer una pira con los aparatos que nos han podido llevar a esta situación de temor por referencia. La otra parte de la reflexión es si todas las fotos obtenidas por la policía y que el juez ha demonizado públicamente sin juicio previo (no olvidemos que un juez instructor no es un juzgador, sino un acumulador de datos, indicios, testimonios y pruebas para su posterior valoración en juicio), pudieran tener carga de prueba suficiente hasta el punto de saber si la pequeña era utilizada para otros menesteres, pero es que eso además ahora no es lo importante, sino que lo que verdaderamente cuenta es que la policía autónoma catalana ha infringido, sin aparente presunción, el derecho a la intimidad de una niña y sus padres cuya presunción de inocencia legal ya habían vapuleado con anterioridad sin que ello parezca tener importancia para nadie. ¿Cómo es posible que los Mossos hagan pública la captura de esas imágenes y hasta se atrevan a dejar salir en todo tipo de medios a su portavoz oficial para adherirse al linchamiento de la chusma? ¿No se supone que su obligación exclusiva habría sido localizar pruebas, en este caso esos dispositivos que contienen las imágenes referidas, y haberlos puesto a disposición del juzgado sin más publicidad?

Y, a más a más (ya que hablamos de temática catalana), ¿es mínimamente concebible que el juzgado encargado del caso Nadia emita un comunicado oficial dando la publicidad prohibida en un asunto donde la intimidad de menor y adultos es un bien a proteger? Hay que suponer que el juez instructor es plenamente consciente de la importancia de mantener los autos dentro de la carpeta designada para ellos pero, en este caso, el contenido de las imágenes y la lectura que se hace de las mismas ha sido explicado con tanto detalle que ni tan siquiera se requería imaginación previa para visualizarlas. ¿Qué pasaría si luego resultase que dichas fotos de la pareja, y el pie desconocido que aparece en ellas, pertenecían al entorno íntimo familiar y las de la niña, unas al seguimiento de los síntomas de la presunta enfermedad, y otras a lo gracioso que pudiera parecer a los padres fotografiarla desnuda? La respuesta es sencilla, no pasaría nada en cuanto a responsabilidades derivadas, y la prueba la tenemos en que nadie todavía ha pedido la dimisión de los Mossos responsables de la filtración ni, por supuesto, la corrección jurídica al juez instructor por parte del órgano competente, en este caso, y en primera instancia, del Consejo General del Poder Judicial. Desde luego, tampoco pasaría nada a todos los medios de comunicación que están haciendo leña del árbol caído criminalizando en mayor medida, si es que esto es posible, a unos padres que tal vez se han equivocado visto lo fácil que era obtener dinero, pero que lo mismo no son unos depredadores sexuales. Creo que todo el mundo sabe que las correcciones en el mundo carcelario a los sospechosos de pederastia no son precisamente muy de envidiar, ya que quien las padece puede ser incluso ejecutado, pero nada de esto parece importar a los sedicentes fustigadores de la presunción de inocencia que han hecho que uniformes, togas y medios eleven la denominación “república bananera” al más alto grado del esperpento.

Está bien que alguien se dé cuenta que todo esto está pasando, como la Oficina de Defensa de los Derechos del Menor de Baleares, que ha abierto un expediente sobre el caso Nadia al entender que la continua e insostenible exposición de datos íntimos de la menor hace que se convierta en doblemente víctima, aunque tampoco pienso que la cosa llegue más allá de cuatro hipócritas golpes de pecho, porque las responsabilidades civiles, y hasta penales, de esta revictimización de la niña Nadia, no serán cubiertas y el caso pasará al catálogo de barbaridades patrias.

En lo referente al aspecto de la estafa, en modo presunción, me quitaría el sombrero si el abogado consigue demostrar la inocencia de los padres porque, aún sin conocer los detalles precisos que consten en autos, la evidencia publicada es tan abrumadora que cuesta pensar en otra solución más allá de la condena, la pública y la togada. Eso sí, las horas de publicidad que está consiguiendo el letrado en todo tipo de medios no tienen precio, y ya se sabe que ante una situación alambicada en lo judicial el investigado cliente futuro siempre tiende a buscar lo mediático, porque suele ser común que lo que sale en la tele debe ser bueno. En lo profesional este letrado, con semejante caso, es de los que apuestan por las Opciones Binarias, o acierta o pierde; pero en lo comercial no hay nada de binario, gana sí o sí. Lo considero un letrado inteligente al utilizar a los mismos medios de comunicación que alimentan la hoguera pública como parte de su estrategia de defensa, ya que si ellos no respetan a sus clientes lo lícito es que él se salga del entorno judicial para jugar igualmente a publicitar el otro punto de vista, el denostado.


Al final, de no ser por la implicación de una menor en todo esto, y también porque su vida ha quedado definitivamente marcada, la realidad de lo acontecido sería para mofarse de cuantos medios de comunicación presuntamente cualificados han estado implicados en el caso y a los que, fundamentalmente el padre de la niña, ha sabido venderles una burra coja haciéndoles creer que era capaz de dar saltos mortales. Esto debe servir de lección práctica a los Detectives Privados para que nunca olviden que sus indagaciones no pueden asentarse sobre presunciones, sino sobre hechos contrastados y verificados por los escasos cauces que les deja la administración pública; los medios de comunicación han dado una lección magistral de lo que no se debe hacer al dar muestras de una inocencia tardía y creerse a pies juntillas una historia tan fantástica que ni la propia niña protagonista creería con sus once añitos. Ahora, visto lo visto, optan por el derecho al pataleo y no dudan en esquilmar los microscópicos reductos de honra que les queda a quienes demostraron, desde su codicia monetaria, que aquellos que van de portadores de la verdad absoluta en su vertiente pública a veces no son más que vendedores de humo, tanto o más como quienes se lo vendieron a ellos.

jueves, 30 de junio de 2016

Política investigable

 Por María Rodríguez González-Moro

Por mucho que una quiera ser inmune a la política, lo cierto es que resulta algo más que difícil escaparse a la tensión ambiental producida por una situación especialmente alambicada y, sobre todo, a esa sensación de tomadura de pelo que se siente cuando los “elegidos” de las diferentes formaciones se empeñan en aclarar, afirmar y confirmar que ellos son lo que son y el fin último, la buena gobernanza, les importa poco, ya que lo que cuenta es marcar su territorio como si nos encontrásemos en una suerte de berrea para ver quién puede hacerse con las partes pudendas del poder monclovita.

Recuerdo que cuando mis hijos eran pequeños y se sentaban a la mesa se afanaban por ver quién terminaba antes de comer, y lo hacían así a pesar de mis constantes explicaciones respecto a que comer no era una competición, sino que cada cual debía alimentar su cuerpo a su ritmo porque, aunque el fin era el mismo, crecer, el objetivo era diferente puesto que se trataba de cuerpos distintos. Naturalmente eran tan pequeños que no continuaba la explicación diciendo que esos “cuerpos distintos”, trabajando cada uno por su cuenta pero con un objetivo común, serían los encargados de que la sociedad pudiera funcionar y mejorase día a día. Y así creo que debería ser la política, grupos y grupúsculos diferentes creciendo para el bien común, incluso cuando a veces las direcciones de crecimiento sean opuestas, pero siempre con el pensamiento de que lo que importa es lo único, y no me refiero al sexo, que también, sino al bienestar de toda una sociedad que ya bastante tiene con sobrevivir a la crudeza del duro invierno de una crisis, sobrevenida ésta por pensar que sentarse a comer a la misma mesa es una competición.

Con todo, lo peor de los políticos es su capacidad innata para desencantar a sus propios  votantes de la política, lo que vendría a ser como si una asociación nacional de heladeros se empeñase, por activa y por pasiva, en mostrar a sus consumidores lo perjudicial e insano de  comer helado en verano, que es cuando más se supone que facturan. Y esto es así porque, a más a más de sus delirios de grandeza, una vez que obtienen el poder, no importa si a gran escala o en un andurrial perdido, se afanan en su mayoría por dejarse caer en los brazos de la corrupción como si eso de ser honrados no estuviera bien visto en el oficio, haciéndose acreedores, desde el minuto uno, a la presunción de culpabilidad muy por encima de la presunción de inocencia.

Cuando alguno de mis alumnos me pregunta si el oficio de Detective Privado tiene futuro lo primero que me viene a la cabeza es la política, puesto que si para contratar a un detective es necesario tener un interés legítimo en la causa, todos los españoles en edad de votar estaríamos legitimados para contratar detectives que investiguen a los políticos antes, durante y después de su paso por la política. Es más, no hace tanto que el líder de Ciudadanos hizo un intento parecido con la empresa de “inteligencia empresarial” H4DM, el cual por cierto levantó mucho revuelo en el mundo asociativo detectivesco por entender que podría tratarse de un caso de competencia desleal a partir del intrusismo profesional. Los candidatos de la formación naranja fueron “forzados” a firmar una carta ética autorizando que se les investigase en la que se recogía esta cláusula: "Autorizar a Ciudadanos a obtener, por sí o por medio de personas o empresas de investigación privada, cualquier información que pueda afectar a su imagen pública o la de Ciudadanos, para analizar y evaluar las vulnerabilidades detectadas, así como para evaluar la idoneidad como candidato del interesado". Aquella iniciativa que buscaba la “virginidad” de los candidatos no tuvo un éxito excesivo, más que nada porque de partida casi todos somos buenos, pero me habría encantado que la investigación, ya con detectives profesionales de verdad y menos en plan inteligencia empresarial, hubiese permanecido en el tiempo monitorizando la actividad política de los finalmente elegidos, tal vez nos hubiese aportado momentos memorables para la investigación y vergonzantes para la política, o tal vez no, dejemos un pequeño resquicio a la presunción de inocencia para que no se diga.

La verdad es que, como todo el mundo sabe, la política atraviesa momentos bajos por su relación directa con el fango, pero si a ello añadimos las guerras internas de políticos, policías, jueces y demás oficios relacionados por el estilo, veremos que la cosa siempre puede ir a más, de ahí mi teoría sobre que la intervención de Detectives Privados contratados por la población (por muy exagerado que pueda parecer), sería mucho más justa que lo que hay en la actualidad y que destila olor, o mejor tufo, a venganzas ocultas o a turbias manipulaciones interesadas de la realidad.  Como ejemplo, entre miles, podríamos poner la filtración de la íntima amistad entre Pablo Iglesias y José Antonio Moral Santín, dirigente de Izquierda Unida con tarjeta black de Caja Madrid, o la actuación fuera de norma del comisario Manuel Vázquez, hasta hace nada jefe de la UDEF, tratando de influir a los jueces del Supremo en relación a la admisión a trámite de la querella sobre el Informe PISA (Pablo Iglesias S.A.).

También al comisario de Asuntos Internos, Marcelino Martín Blas, se le ha llegado a denunciar por realizar investigaciones ilegales para el PP sobre el ex tesorero Luis Bárcenas, cosa ésta que no entraría precisamente dentro del campo del precepto policial de estar a disposición de la población en lugar de presuntamente ponerse a las ordenes en la sombra de quien indirectamente gestiona su sueldo. Y desde luego, si hablamos de cosas del más allá de las catacumbas policiales, no podríamos olvidar al comisario Villarejo, adscrito a la Dirección Adjunta Operativa del Cuerpo Nacional de Policía, el mismo que a mediados de los 90 fue señalado por estar detrás del Informe Veritas, que pretendía recopilar asuntos turbios (muy turbios) de la vida personal del magistrado Baltasar Garzón, quien en aquellos momentos centraba parte de sus investigaciones judiciales en averiguar quiénes del Estado se encontraban detrás del GAL, algo que exasperaba a la cúpula del PSOE gonzaliano y a determinados mandos policiales que no andaban lejos de la trama.


Pero, con todo, lo más interesante es que este comisario Villarejo, también relacionado con el Pequeño Nicolás (esta sería su parte friki), ha ido creciendo en patrimonio con el paso de los años hasta poseer decenas de empresas y millones de euros, por lo que al final no ha habido más remedio que investigar una posible incompatibilidad con su función directa de funcionario. ¿Y quién ha sido el responsable último de realizar esta investigación? Pues, ni más ni menos, que el inspector jefe José Ángel Fuentes Gago, la persona que puso en contacto al ya ex director de la Agencia Antifraude de Barcelona con el ministro de Interior. Y ahora, por causalidad, que no casualidad, aparecen en el entorno periodístico socialista las grabaciones realizadas a estos dos altos cargos, lo que sin remedio me hace pensar si podríamos estar ante un caso de venganza personal entre comisarios o, además de eso, ante el ataque de un partido (PSOE), utilizando su guardia pretoriana policial, contra otro partido (PP) para influir en el proceso electoral.  Naturalmente, para encontrar una respuesta primero habría que descubrir las pistas, sólo entonces podríamos mantener la sospecha sobre si el comisario Villarejo verdaderamente podría tener algo que ver en las grabaciones del despacho del ministro de Interior. A lo mejor no sería mala idea ejercer ese derecho que comentaba antes del interés legítimo de los ciudadanos para contratar a un detective privado en defensa del derecho a no ser manipulados, de poder hacerlo el detective tendría que infiltrarse en los lavabos de la Brigada Provincial de Información de Moratalaz (Madrid), parece que allí no se habla de otra cosa.

jueves, 23 de junio de 2016

De secreta proditionis

Por María Rodríguez González-Moro 


Coincide la bronca de las grabaciones subrepticias al ministro del Interior, y al responsable de la Oficina catalana contra el Fraude, con unas charlas que detectives privados ya en ejercicio han dado a examinandos de la UNED con motivo del fin de curso. Mientras leo lo publicado sobre la cuestión ministerial recuerdo las caras de mis alumnos, las de los que hablaban instructivamente y las de los que escuchaban con el interés del que se apresta a lo desconocido, y no puedo menos que pensar qué pasará por sus cabezas cuando, año tras año, se les instruye para que cumplan escrupulosamente con los requisitos de la Ley de Seguridad Privada y, al tiempo, han de convivir con la podredumbre de la realidad, esa que deja con el síndrome del pazguato a los que cumplen las normas y apuestan por defender un sistema que parece una hidra de múltiples cabezas.

El descubrimiento y revelación de los secretos es un delito, a ello le pone nombre y número el Código Penal español, y podría ser constitutivo de agravio el que esos secretos fueran arrancados en el propio despacho del ministro del Interior, pero no me refiero tanto porque lo penal incida en ello, sino porque, más bien, el agravio podría ser estupidiario, esto es, que entre dentro del campo de la estupidez humana que alguien consiga semejante información de un lugar donde se tratan temas de alta sensibilidad relacionados con la seguridad del Estado. Naturalmente, en este caso, la estupidez no sería aplicable al que obtiene la información, puesto que éste (solo o en compañía de otros) ya de por sí obtiene el título de delincuente sin ni siquiera derecho a presunción de nada; me refiero más bien a aquella persona que se ha dejado grabar contando con todos los medios habidos y por haber para haberlo evitado. Evidentemente, como el señor Ministro delega la función de la seguridad personal y de su entorno en otras personas, el estúpido vendría a ser aquél a quien le han metido semejante gol por la escuadra, el máximo responsable de la seguridad en el Ministerio, siempre y cuando, por supuesto, que el mismo no forme parte, aquí sí presuntamente, de la organización criminal necesaria para alcanzar los objetivos.

En realidad, y aunque parezca mentira, cuando escribo esto no estoy pensando en eternizarme en plan literario sobre los múltiples y posibles elementos que han podido participar en la grabación al Ministro, huelga decir que debe haber otras muchas grabaciones porque eso es como la droga, una vez que la primera te ha gustado ya no eres capaz de dejarlo; tampoco tengo intención de extenderme en el posible delito en el que incurren de abrumadora manera masiva los medios de comunicación al publicar y publicitar dichas grabaciones, y esto es así porque el derecho a la información no puede nunca basarse en un delito previo, esto convierte al que publica en cómplice necesario del agravio; ni siquiera voy a entrar a opinar sobre la oportunidad de dar salida a estas grabaciones justo en un momento tan delicado en el que está en juego el equilibrio político de la nación; y, por supuesto, faltaría más, tampoco voy a manifestarme respecto de la obligación del agraviado de dimitir de su cargo de ministro del Interior, dado que lo que se desprende de las grabaciones, o se da a entender, por muy manipuladas, sesgadas y tergiversadas que estén, o por muy subrepticio que sea el origen de las mismas, es que estaba conspirando desde su cargo público para alterar el orden de las cosas en beneficio de sus ideales políticos, al igual que quien ahora las difunde. Pero nada de esto me interesa especialmente, sino más bien donde quiero recalcar mi preocupación, como decía al principio, es en lo que pueden pensar esos detectives privados que confían en mí para conocer cómo cumplir la ley de su profesión y, sin embargo, han de ver cómo los que sí ostentan el rango de autoridad a partir de una placa se permiten señorearse en el delito como si la ley no fuera con ellos. Y esto no es de recibo, porque las leyes son para todos, o deberían serlo, por mucho que la actualidad nos demuestre con frenética intensidad que lo que creíamos correcto, fiable, seguro, no es más que un espejismo tras el que se esconde un submundo obsceno.


Así las cosas, parece que pedir a mis alumnos lealtad a lo aprendido no sería más que una quimera mental similar a la que tienen (tenemos) los abogados cuando terminamos la carrera y creemos que vamos a cambiar el mundo desde el punto de vista de la justicia y la equidad. ¡Qué pardillos togados somos! los recovecos de la legalidad son tan intrincados y alambicados que, a todo aquél que tardase más de un año en darse cuenta después de haber obtenido el título, casi habría que darle una subvención colegial para realizarse una terapia de psicoanálisis. Aún así, y a pesar de las circunstancias, nunca hay que dejar de pensar que el bien triunfará sobre el mal, pero por si acaso seamos un poco malos para mimetizarnos con el sistema, como los camaleones.