miércoles, 29 de enero de 2020
jueves, 17 de octubre de 2019
miércoles, 20 de marzo de 2019
La cajita de rapé
por María Rodríguez González-Moro
La cajita de rapé (Ediciones Maeva) es uno de esos libros que me llamó la atención por su titulo en una de mis visitas a librerías virtuales a las que soy tan asidua; un titulo y un autor que desconocía por completo, pero que aúna algunas de mis pasiones: historia, política, investigación y libros, no necesariamente por ese orden. Siempre me atrajo la historia de las cajas de rapé, esa imagen del señor decimonónico que se ausentaba de las reuniones y fiestas para ir a “echar un polvo”, una especie de ralladura elaborada con tabaco y otras “plantas medicinales” que se guardaba en unas cajitas que eran en algunos casos autenticas obras de arte.
La cajita de rapé (Ediciones Maeva) es uno de esos libros que me llamó la atención por su titulo en una de mis visitas a librerías virtuales a las que soy tan asidua; un titulo y un autor que desconocía por completo, pero que aúna algunas de mis pasiones: historia, política, investigación y libros, no necesariamente por ese orden. Siempre me atrajo la historia de las cajas de rapé, esa imagen del señor decimonónico que se ausentaba de las reuniones y fiestas para ir a “echar un polvo”, una especie de ralladura elaborada con tabaco y otras “plantas medicinales” que se guardaba en unas cajitas que eran en algunos casos autenticas obras de arte.
La
novela trascurre a mediados del siglo XIX con los últimos coletazos del reinado
de Isabel II, reinado que se caracterizó por la inestabilidad política, donde se
pasó de la década moderada al bienio progresista. Esta obra se desarrolla
durante la crisis isabelina (1858-1863), con la alternancia en el poder entre Narváez
y O’Donnell con su partido Unión Liberal. Es 1861, en los días anteriores a la
apertura de las Cortes, donde las intrigas y presiones son más que evidentes, como
bien refleja García-Pozuelo de una manera muy didáctica en la persona del inspector
Benítez, quien se ve sometido a presiones políticas debiendo elegir entre
escalar en su faceta profesional o ser consecuente con sus ideas, con su forma
de ser y de pensar. Un periodo donde la policía está siendo remodelada para
dotarla de una mayor profesionalidad, y donde todavía faltaba casi un siglo para que Locard formulara
el principio de intercambio,
principio que significó un avance importantísimo para la criminalística.
Estamos en una época donde el olfato del policía y la iniciativa del
investigador eran esenciales para resolver los delitos.
Criadas,
porteros, cocheros, amas de llaves, políticos, banqueros, prostitutas, unos
prófugos, un robo, un asesinato, una desaparición, un ofrecimiento, un articulo
en prensa, una Cortes por constituirse, unos libros y tertulias de café se
mezclan en el distrito de Latina, que con sus calles estrechas y retorcidas, junto
a otras rectilíneas y espaciosas, unas silenciosas y otras bulliciosas, es la coctelera
perfecta para desarrollar una trama que no deja indiferente a nadie. El caso de
las alcarreñas es el escogido por el autor para comenzar la saga del inspector Benítez,
o eso esperamos, que esto no quede aquí. El asesinato de la criada de una de
las familias más influyentes de Madrid lleva a Benítez a
desplegar su instinto policial, un asesinato que sin el olfato de un policía
curtido en mil batallas podría haber quedado impune y ser producto simplemente
de un robo asumiendo que la criada estaba en el lugar y el momento equivocado.
La
prosa de Javier A. García–Pozuelo es ligera, pero no por ello menos minuciosa
en las descripciones de un Madrid otoñal donde el frío comienza a hacer su
aparición, un Madrid lleno de acentos de toda España, desde los asturianos de
los mozos del cordel, pasando por las criadas alcarreñas, hasta manchegos,
murcianos y extremeños, todos caben en ese Madrid. Junto a los acentos los
atuendos que delatan el oficio, y también el miedo a la autoridad, a esa
policía que siempre encuentra un fallo en el cumplimiento de la ley, un
resquicio por donde apretar las tuercas para conseguir la información deseada.
En este primer caso no llegamos a conocer del todo al inspector Benítez, viudo
y con dos hijas, inquieto por la situación política y por el futuro de su hija
pequeña y de su sobrino, que juega un papel importante en la resolución del
caso, un Benítez que necesita cariño, pero no quiere comprometerse, un Benítez
amante de la lectura y de los libros antiguos y que dará todo por resolver un
caso que se complica conforme avanza su investigación.
He
de reconocer que no conozco Madrid como me gustaría, pero el paseo al que me ha
llevado el inspector Benítez ha hecho que me proponga volver a la ciudad y
dedicarme a recorrer sus calles con una perspectiva distinta, con los ojos del inspector
y, desde luego, espero que nos siga entreteniendo con investigaciones futuras y
apasionantes como esta.
viernes, 11 de enero de 2019
Yo, Detective
Por María Rodríguez González-Moro
Fundadora del Grupo para la Difusión de la Investigación y la
Criminología (GDIC)
Una
mujer maltratada cuyas reflexiones y miedos hace suyos el escritor y unos
padres angustiados por la desaparición de su hijo son el eje de la novela, en ambos
casos sobresale la impotencia de los protagonistas ante el giro que ha dado su
vida.
En
esta obra volvemos a encontrarnos con la soledad, esa “hiena insaciable” que persigue a nuestro detective y que en esta
ocasión leemos con voz de mujer, de una mujer maltratada que debe abandonar su
vida si quiere conservarla. Una soledad no buscada, esa soledad “hija de puta” impuesta a la protagonista
del primer caso de Guerrero.
La
protagonista hace una reflexión hacia la soledad reversible, el estar en casa
sola donde nadie te dice qué hacer ni cómo hacerlo, un poder pequeño e
insignificante como tener el mando de la televisión para una misma, de no
vestirte o arreglarte, de comer a deshoras y lo que te apetezca. Pero es una
soledad que se desvanece con una llamada a un amigo, a un familiar, una soledad
que no es soledad sino poder, o sensación de poder; una soledad en cierta forma
buscada y que no es soledad en puridad, pero que puede ser el primer paso hacia
esa soledad que trae tristeza y abandono, una soledad que Carla describe como
irreversible, no buscada, no querida, como la de esas personas a las que nadie
echa en falta y mueren solas, esa soledad donde las preguntas se quedan en el
aire porque ”no hay dos, estoy yo sola…”.
Es la soledad de la que hay que alejarse, a la que hay que temer y nuestra
protagonista le teme porque se enfrenta a un futuro incierto, o a un no futuro
si el marido consigue encontrarla. Y es también Carla la que nos hace
reflexionar sobre el exilio que implica sentirse sola en un mundo desconocido,
sobre ser forastera de una misma, un exilio del que es imposible regresar.
El
segundo caso que recoge el autor es un caso de actualidad, unos padres
angustiados por la desaparición de su hijo acuden al detective con la esperanza
de conseguir información, de volver a ver a su hijo. Aquí Guerrero vuelve a
darnos una lección de investigación real, grabaciones legales, entrevistas, mucha
comunicación no verbal, el no dar nada por hecho, ni tampoco por supuesto y,
como siempre, la eterna desconfianza de Guerrero.
En
esta ocasión el detective volará a la India, “al infierno de la paz interior”, lugar perfecto para reflexionar,
para meditar sobre la vida. Se
tropezará con la mafia india, desconfiará de todo y de todos, viajará hasta Benarés
y temerá por su vida, aunque siempre tenga guardado en la recamara un plan b,
como buen detective.
En
esta novela he de reconocer que Guerrero me ha sorprendido, se presenta más
maduro como escritor, como detective y como persona, me ha sorprendido por su
forma de narrar la historia empleando la tercera persona, porque es un narrador
el que nos conduce por las aventuras y desventuras del detective, haciendo que
el alter ego del autor se desdibuje, cediendo protagonismo a otros actores. Su
estilo al escribir es más intenso, más literario si se me permite la expresión,
la preocupación casi obsesiva por el uso de los signos de puntuación confieren
a esta obra más empaque como novela, como obra literaria a costa de la perdida
de la libertad del Rafael Guerrero detective, que se encuentra más constreñido
en las formas, en su lenguaje, en describirnos su vida, sus aventuras y
desventuras.
Echo
de menos al detective canalla, al detective conquistador y gourmet, al socarrón
y “disfrutador” de la vida, al detective de un Guerrero entre halcones, donde descubrí un detective español real,
mas allá de los detectives anglosajones, un libro que recomendé a mis alumnos. Al
detective canalla, mitad real, mitad ficticio, de Muero y Vuelvo que me cautivó, me hizo reír a carcajadas y con el
que comí y bebí. Ese detective de
Ultimátum con el que viajé a lugares de leyenda destrozados por una guerra
absurda. En Yo, Detective he viajado, sonreído y pensado, me ha hecho
pensar mucho y me he enfadado con Rafael, con su recién
estrenada madurez, o tal vez con quien estoy enfadada es conmigo misma y con
esa madurez que llama insistentemente a la puerta y a la que no quiero dejar
entrar refugiándome por enésima vez en la lectura de El Principito.
Con
Yo,
Detective Rafael Guerrero ha dado un gran paso como escritor, protegido
por su alter ego que sigue teniendo mucha fuerza, un sello personal que no debe
perder, no queremos perder al Bond español, al Areta contemporáneo, al
detective canalla, socarrón, amante del buen vino y la buena comida, al
conquistador nato, y eso no va a ocurrir, estoy segura, pues el título es toda
una declaración. Rafael Guerrero es y
será detective pase lo que pase y pese a quien pese, incluso si debe pasar por
encima del Rafael Guerrero escritor.
sábado, 7 de abril de 2018
ULTIMÁTUM
Por María Rodríguez González-Moro
Me
resultaría relativamente fácil hacer una reseña al uso, lo he intentado,
prometo que he intentado hacerlo, pero al leerla no me reconozco ni a mi misma
ni al escritor. Podría comenzar escribiendo que Ultimátum es la tercera novela
del detective y escritor Rafael Guerrero, que fiel a su estilo nos introduce directamente
en el mundo de la investigación, el sexo, la comida, los viajes y el vino (no
precisamente en ese orden). Podría seguir diciendo que en esta ocasión Palermo,
Augusta, Roma, Madrid y Ammán son las ciudades elegidas para introducirnos en
Siria, en el nudo de la historia. Podría escribir que Sicilia es el escenario
del primer caso, la excusa perfecta para conocer el origen de la mafia, la
comida y el vino italiano, donde una prostituta despliega su catálogo y donde
aprendo que los lupanares se instalan en pisos altos sin ascensor para que el
cliente llegue sin resuello y así la hora feliz sea más rápida. (Gracias Rafa,
nunca hubiese caído en eso). Y su primer encuentro con la muerte y con el ser y
el deber ser.
Roma,
la ciudad eterna, perfecta para reencontrarse con una vieja amiga que quiere
eternizarla en su vida. Un imprevisto en el aeropuerto, de nuevo la duda entre
el ser y el deber ser, salvado de elegir por el sonido del móvil.
De
regreso a Madrid, encuentro con las calles y caras conocidas, pero en la vida
del detective no hay lugar para el descanso y de nuevo el trabajo llama a su
puerta , esta vez de la mano de unos ejecutivos vuela a Londres, ciudad de
paso, donde acepta un encargo difícil e
interesante, un caso sobre un hipotético sabotaje en Siria, país en guerra,
pero Guerrero no se amilana y acepta el reto, reto que le llevará a ciudades
otrora mágicas, hoy desoladas, lugares donde desplegará sus dotes de sagaz
detective y de encantador de serpientes, lugares donde se enfrentará de nuevo a
la muerte y a la vida, a la vida vestida de mujer, y donde sus encuentros le
harán replantearse muchas cosas, o como dice Rafael “En realidad una sola.” Resolverá dos casos por el precio de uno, y
volverá a casa pasando por Roma a reunirse con la eterna Raquel, el ser y el
deber ser, y de nuevo el destino al rescate del hombre.
Podría
terminar felicitando al detective-escritor por la magistral resolución del caso
y de la novela y por la gran profusión
de datos que despliega a lo largo del escrito, y así lo hago, pero quiero decir
más de una novela que tenía pendiente desde hace tiempo, una novela que quería
leer con un gintonic y que he leído con una cerveza y varios cafés.
En
esta novela he descubierto a un Rafael Guerrero más escritor, más preparado en
el uso del lenguaje (evito poner lengua pues en mi cabeza resuena el posible
comentario del detective), más maduro, más experto, más estudiado. Las
descripciones son detalladas y profusas, en algunos momentos me parece leer un
libro de viajes que despierta el deseo de viajar, de recorrer esos lugares, de
comer esos manjares, beber esos vinos y contemplar el mar Mediterráneo, el
desierto y de mezclarme con la población autóctona.
En
Ultimátum me reencuentro con el detective sagaz de “Un Guerrero entre Halcones”, un detective que, como no podía ser
de otra manera, no deja nada a la improvisación, las técnicas que usa y
describe son preparadas al milímetro, la cobertura impecable, el plan de escape
previsto, pero también aparece el sexto sentido de los detectives curtidos, y
su capacidad para adaptarse a los imprevistos venciendo la desconfianza que
siempre les generan las personas que los rodean. Unos detectives que no dudan
en abandonar su maleta, y salvar sus instrumentos de trabajo (pienso si entre
lo salvado se encuentra la bolsa de aseo).
Esta
novela rezuma soledad, la soledad del detective, esas horas de vigilancia que
se hacen eternas, esa habitación de hotel solitaria donde solo queda hablar con
uno mismo, donde las preguntas y respuestas solo existen en nuestra mente, una
soledad que a pesar de cubrirla con cigarrillos, comida y sexo no deja de ser
SOLEDAD en mayúsculas, trabajo duro el del detective privado, donde no existen
las horas ni los planes familiares, una vida monótona a la par que excitante si
sabes describirla de la forma como nos la describe un detective real como
Rafael Guerrero. “La vida no es como debería ser ni como nos gustaría, es como es”
jueves, 11 de enero de 2018
Muertos prescindibles
por María Rodríguez González-Moro
Cuando me recomendaron esta novela, confieso que la acepté
con escepticismo, otra novela negra sueca más. Reconozco que soy lectora
compulsiva, y leo todo lo que cae en mis manos, pero últimamente había dejado
este género, todas las historias eran muy previsibles y me aburrían.
El titulo me atrajo, es costumbre de una servidora darle
vueltas al título antes de comprar un libro o empezar a leerlo. ¿Muertos
prescindibles? ¿Hay algún muerto prescindible? No lo creo. Los autores,
¿quienes son? Internet al rescate, entre otras cosas estos dos autores son
guionistas, lo que me da pie a pensar que voy a enfrentarme a una novela
escrita para que pueda ser llevada al cine, con descripciones cortas y mucho
diálogo.
Muertos prescindibles
es la tercera novela de la serie Bergman,
no temáis, aunque el protagonista es el psicólogo criminalista Sebastián
Bergman, la novela tiene entidad por ella misma.
El encuentro fortuito de seis cadáveres sepultados en la
misma fosa y con un disparo en la cabeza desencadena una investigación nada
fácil, primero hay que descubrir la identidad de seis muertos, muertos que
nadie ha reclamado ¿muertos prescindibles? ¿Asesino en serie? No hay pistas, no
hay testigos y la colaboración de los habitantes del lugar es escasa. Cuando el
equipo de investigación cree tener un hilo conductor hace su aparición el
servicio secreto para archivar el caso. ¿Lo conseguirá? ¿Qué tienen que ver con
esta historia una mujer inmigrante y un periodista? La intriga está servida.
Esta investigación se
mezcla con la vida personal de los investigadores, miedos, recelos… y sobre todo con la vida del gran Sebastián
Bergman, una vida llena de mujeres y secretos, una vida que será el hilo conductor
de toda la serie Bergman.
En definitiva, una novela negra sueca, ágil, fácil de leer,
que te atrapa y te deja con ganas de leer más, de saber más. Si queréis pasar
un buen rato, sin complicaciones, os la recomiendo.
Voy a por el primer título de la serie.
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